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El niño es una casa y la habitan los padres qué luminosos los pequeños objetos, cómo dan lástima los juguetes y las prendas minúsculas por el suelo, sobre la esquina de la mesa, en el respaldo de una silla y la pequeña piedra puesta a crecer sobre el pretil, en su interior los fríos de siete inviernos, el abuelo la traía en el bolsillo, peso de siete generaciones, piedra lisa, ligera. La casa construye en su interior otra casa, pasillos, cuartos ocultos, cámaras, negros rincones en los sótanos, filas de armarios mínimos y secretos, escondidos guardianes de breves puertas. La casa que está en la casa construye en sus adentros un laberinto, un Minotauro vigila el niño se le ofrece como alimento, la nariz, los dedos, los ojos, los dedos de los pies, los talones, las orejas, el ombliguito, los dolores del crecimiento que tanto duelen todo ofrecido al Minotauro, los dolores de morir. No anden en ella como en su casa, toquen la puerta.
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