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En el castillo de Minos, bajo un parqué bamboleante, bajo el balanceo de la falda materna va aquel a quien deseo. Lleva la llave de mi cuarto como una sonaja y juega a las escondidas.
Señor de las llaves, sólo por el brote de un icono tras tus pasos me precipité por los corredores cuyas alfombras se volvieron asfalto llenas de melosas flores de tilo.
Y ahora es otoño.
Fui castigada por la locura, a la que no vi como sabiduría: huí en ese sueño de una Noche de Verano volviéndome una perseguidora, huyeron las palabras y huiste tú.
Pero quién era aquella que, vestida de oro y nieve y con una corona de hielo en la cabeza, estaba en el corredor y dijo: ¿Acaso te conozco? Como si todo eso tuviera que ver con el deseo.
He visto su imagen insoportablemente perfecta en el espejo como la princesa de Velázquez. Es ella la que te tomó de la muñeca y te condujo al ascensor, la que perdió su pelota de oro, haciendo que yo cayese de rodillas llorando con la frente contra la tierra.
Pero qué historia ésta. ¿Es que no cuenta de una princesa que es su propia gemela? Ella dirigió toda la escena.
Pero tú, que aún te ocultas bajo el cielo de un parqué bamboleante y en mi cuerpo como un cardenal, la estampa de una testuz de toro cuya imagen se trasluce en mi piel, yo escucho tu pequeña tos que me llega por la ventilación automática del hotel.
Rudo lugar es este mundo donde los dioses son amores desdeñados.
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