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La caída
A la vez que mis dedos corren sobre el teclado y escriben esta frase, el hombre despliega sus plumas y da un paso por sobre el alero de la casa de enfrente. No es una casualidad. Lo miro en los ojos mientras cae y veo que se derrumba hacia adentro como una estrella exhausta. Bate las plumas torpemente, pero el tiempo crece como un ciste maligno en su costado. Su peso lo lleva hacia abajo y cae a través de cuartos estrechos, a través del sonido metálico del cuchillo sobre el plato, a travcs de playas donde se bañó sólo en sueños, a través de la ciudad cuyos kilómetros sus pies han medido. Lo miro en los ojos mientras cae y me derrumbo hacia adentro: veo a mi mismo. Mis dedos se despegan del teclado y caigo hacia la calle que está llena de huellas de mi vida. Todo lo que he vivido me lleva hacia abajo y todo lo que no sé aún más, como si me hubieran atado una pesa. A la altura de diez metros el hombre cae a través del consultorio del médico, coge una radiografía del escritorio y comprende que su enfermedad mortal es idéntica al mapa de la ciudad contra cuya calle se estrellará una fracción de segundo más tarde.
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